Cumplir años, cumplir vida!!

 Desde niña mi cumpleaños era un torbellino de emociones que me dejaba sin dormir.

Contaba los días como si fueran tesoros, esperando ese instante en el que la casa se llenaba de risas.

El pastel que mi padre preparaba parecía un altar a la felicidad: amigos de la escuela y del barrio llegaban, cantábamos, bailábamos sin ritmo, pero con un gozo tan puro que el mundo entero se detenía allí.


Cuando soñaba con mis quince años, me veía vestida de cola larga, con maquillaje por primera vez y una pista iluminada solo para mí.

No hubo salón ni vestidos de revista, pero aún guardo la sonrisa de aquel día como un amuleto. Porque lo perfecto, a veces, no necesita brillo. Está en los pequeños detalles, donde habitan las grandes cosas.


Pero luego, todo cambió.

El pastel fue haciéndose más pequeño, las sillas en la mesa comenzaron a faltar.

Y aunque todavía esperaba la medianoche con la ansiedad de antes, al llegar las 12 el vacío me abrazaba, y mis ojos se llenaban de lágrimas.

La vida es cambio, lo sé. Pero nunca he sabido conformarme con lo que no es justo.


Mi abuela partió, mi padre tomó distancia, y a mí me tocó inventar nuevas formas de distraer la nostalgia.

En los cumpleaños de mis amigos era la primera en correr, en organizar, en darme a fondo para que todo saliera bien.

Verlos felices me llenaba; era mi manera de sostener la magia que ya no encontraba en mi propio día.


Poco a poco dejé de contar los días. Dejé de soñar.

A medianoche encendía una vela y, entre susurros, me cantaba a mí misma feliz cumpleaños.

Por los que ya no estaban, por los que nunca llegaron aunque los esperaba.

Por los abrazos que soñé y que quedaron suspendidos en un rincón del aire.


Esperé uno en especial, de quien me llevó nueve meses en su vientre.

Pero la vida fue dura con ella, le apagó la risa, el brillo y las ganas de amar.

Y así entendí que hay abrazos que se vuelven espejismos: los buscas cada año, los imaginas floreciendo, pero la rama sigue desnuda.


A los veinte, deseé estar en cama todo el día.

Cuando llegaron las 12, seguía en un autobús sin rumbo, sin ganas de llegar más rápido a ningún lado.

Estaba triste, había perdido demasiado peso y ese año rompió con furia lo poco sano que quedaba en mi corazón.

Por mucho que aceleré el reloj, ese cumpleaños pasó lento y dolió el doble de lo que pensé.


Unos años después, la vida me regaló un grupo de amigos que me cambió para siempre.

Éramos distintos en casi todo, pero las historias nos unían como un hilo invisible.

Ellos me regalaron recuerdos que guardo como joyas, pero sobre todo me dieron el mejor obsequio: la esperanza.


Mi cumpleaños 23 fue extraordinario gracias a ellos y a mi pareja.

No eran los mejores organizando ni poniéndose de acuerdo en nada, pero aquella imperfección fue mágica.

Volví a ser niña por un par de horas: la decoración, los globos, las risas, y una piñata que, aunque no recordaba haber tenido antes, me hizo sentir la persona más feliz del planeta.


Hoy comprendo que los cumpleaños son más que fiestas o regalos.

Son un ritual silencioso donde la vida nos recuerda que seguimos aquí, respirando, aprendiendo, renaciendo.

Cada año es un ciclo que se cierra y otro que florece, aunque a veces el jardín esté lleno de ausencias.

No importa cuántas sillas falten en la mesa, cuántos abrazos se queden en el aire: siempre habrá una vela que encender, una risa que rescatar, una esperanza que abrazar.


Este año cumplo 25.

No sé qué me deparará ese día, pero lo espero con la fuerza de quien ha llorado y aún así se levanta,

y con la alegría de quien entiende que cumplir años es un regalo en sí mismo.

Porque estoy aquí. Y eso basta para celebrar.

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