La primera vez que el corazón aprendió a latir distinto
Viajaría en el tiempo durante toda la vida para descubrirle en el mismo lugar.
Para sentir cómo el mundo se detiene en cuestión de segundos.
Llegó como un terremoto invadiendo cada uno de mis sentidos, creando tsunamis en mi estómago y un corazón que se ponía a mil cuando aparecía un mensaje suyo.
No sabía cómo no llorar de la felicidad que me hizo sentir cada jodido minuto a su lado.
Me sentí valiosa en un mundo lleno de relojes con falta de tiempo para vivir.
Se volvió piel, latidos y mucho vértigo.
Se volvió refugio, calma, esperanza.
Fue mi lugar seguro en el planeta cuando el mío estaba en guerra.
Sus ojos eran un ancla y, al mismo tiempo, un abismo. En ellos cabía la dulzura y el misterio.
Sus tatuajes no eran solo tinta: eran cicatrices convertidas en arte, mapas de batallas que no me pertenecían pero que yo quería aprender a leer.
Su forma de bailar dejaba hipnotizado a cualquiera. Yo, con mis dos pies izquierdos, me atrevía a bailar la noche entera, porque en sus brazos la torpeza se convertía en música.
No le gustaban las promesas, y aun así, cada gesto era una declaración invisible de lo que éramos en ese instante.
No supe de inmediato que era amor; lo entendí en las pequeñas cosas: en cómo buscaba su mirada entre la multitud, en cómo su risa parecía desarmar mis silencios, en cómo mi caos encontraba un orden cada vez que estaba cerca.
Y quizá eso fue lo más inesperado: darme cuenta de que la primera vez que me enamoré… no necesitó juramentos eternos, bastó con que fuera él.
"El primer amor no siempre llega para quedarse… pero sí para marcarte para siempre."
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