El precio de decir siempre que sí
El “sí” fácil abre puertas a todos, menos a tí. Porque mientras otros descansan en tu entrega, tú cargas el peso de estar siempre para los demás. Y nadie te advierte que lo que parece generosidad también puede volverse una forma de autoabandono.
¿ Cuántas veces has dicho “sí” cuando en realidad querías decir “no”?
Se vale ayudar a todos, incluso a los que apenas conoces. Se vale estar “casi siempre disponible”. “Tengo cinco minutos para ti, pero…” ¿cuán grande es el peso que se carga?
No siempre recibes agradecimiento. La mayoría de las veces, incluso, te reprochan porque no hiciste las cosas como ellos querían, o porque nunca parece ser suficiente. (Mi madre es experta en ello).
Te ven como alguien bueno, amable, servicial. El que tiene tiempo para todo y para todos. Son los mismos que no te escriben en cuatro meses, pero un sábado a las tres de la mañana te despiertan porque “necesitan algo”.
¡No me jodas!
Y claro, ahí vas al rescate: el amigo detective, quien se mete en revolicos imposibles, el que hasta entierra el cadáver de tu ex. (Vale, esta última parte es broma).
Pero no somos tontos o ingenuos. No porque estemos, significa que seamos un robot. No significa que pueden usarnos como un objeto que luego desechan.
Nadie ve lo que cancelas por estar ahí. Las tardes, las noches, la vida en pausa, para resolver problemas que no te pertenecen.
Cansa. Cansa sonreír todo el tiempo. Cansa dar la cara como alguien feliz de ayudar a otros, cuando también eres humano, te agotas, y llevas tu propia mochila llena de emociones y contracturas. Aun así, la cargas un poco más, solo para que otros no se caigan. Porque no quieres defraudar. Porque en tu mente todavía late la esperanza de que a alguien le importe, de que alguien se preocupe por ti de la misma manera.
Pero estar siempre tiene un costo: tu energía se consume, tu corazón se desgasta.
Y entonces recuerdas algo sencillo pero poderoso: también se vale decir “no”.
Se vale ser un poquito egoísta con uno mismo.
Se vale cuidarse, sin sentir culpa. Porque al final, nadie puede sostener a otros si primero no aprende a sostenerse a sí mismo.
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