Ojos que no ven, corazón que no siente
Vaya frase urbana que aún se sigue usando, por muy hipócrita que sea.
En todos los ámbitos de nuestra vida hemos repetido estas palabras, como un escudo barato para ocultar un trasfondo oscuro, como si negar lo evidente pudiera borrar lo que sentimos.
Porque claro, mientras no sepas la verdad o no conozcas la magnitud de la mentira, puedes girar la vista hacia otro lugar y fingir tranquilidad. Pero no, amigos míos. El cuerpo no miente. Y bajo mi experiencia, el sexto sentido tampoco.
Cuando algo me huele raro, puedo pasar noches en vela, dando vueltas, con el insomnio como compañero fiel. Pero de que descubro de dónde viene la picazón, lo descubro. No puedo hacer como si todo estuviera “bien” cuando dentro de mí la alarma suena una y otra vez.
No es paranoia, es intuición. Porque una duda bien plantada no siempre nace de la inseguridad ni de la falta de autoestima; muchas veces es la señal clara de que algo se rompió en silencio.
Existen gestos, actitudes, cambios de rutina que dicen más que mil palabras. Una mirada puede mentir, pero los detalles cotidianos rara vez lo hacen.
Y aunque quisiéramos apagarlo todo y convertirnos en un robot que no siente, pues sí se siente. Se siente en silencio, en la garganta cerrada que no grita, en la impotencia de no poder contar lo que pasa.
Se siente cuando la mente quiere venganza, cuando imaginamos clavar el puñal más fuerte, cuando aún creemos que hay algo que salvar en un mundo que por dentro ya se desplomó.
El resultado: nos traicionamos a nosotros mismos. Y luego sentimos vergüenza de mirarnos al espejo.
Quizás yo no vea, pero siento como una jodida vidente. Y en ese sentir me culpo, me pregunto, me prometo que las cosas pueden cambiar, aun sabiendo que un plato roto siempre deja sus grietas, aunque lo intentes pegar con cuidado.
Por eso, no tapes el sol con un dedo, porque el resplandor seguirá ahí. No intentes contener una gotera, elimínala de raíz.
No desvíes la mirada. Ve hacia adelante, enfrenta lo que duele, y no huyas.
Porque vivir de espaldas a la verdad es condenarse a un bucle interminable de malas decisiones. Y si algo merece nuestro corazón, es la libertad de sentir con dignidad.
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